Tuesday, May 08, 2012

DESDE EL EXILIO

Una colaboración para el periódico Síntesis, acerca del libro Cartas desde la Tierra, de Mark Twain.


Con la risa no hay miedo, y sin él ¿dónde queda la fe, el temor de Dios? Si algún docto dejara testimonio del “arte de la irrisión” en su escritura, entonces sería posible reírse de la Divinidad, deduce Jorge, el monje ciego casi al final del libro El nombre de la rosa. Y Mark Twain echó mano de ese humor que tanto espantaba al personaje de Umberto Eco para escribir sus Cartas desde la Tierra.
Se trata de un libro que el autor nunca pensó publicar, guardado por unos cincuenta años a partir de su muerte en 1910, un libro que recoge su visión de la religión, de la relación de los hombres con una divinidad creada por ellos mismos, y no al revés. Visión que pone de manifiesto el personaje de Satán a través de las cartas que envía a San Miguel y a San Gabriel.
En el principio fue la lengua suelta, podríamos decir en el caso de este libro (Trama editorial, 2007), ya que ese hábito de hablar de más es la pauta para que Satán escriba desde su exilio de un día en tiempo celestial, equivalente a mil años.
Antes de que se le aplicara tal castigo, el Creador, en presencia de tres arcángeles (Miguel, Gabriel y el mismo Satán), pensó, levantó el brazo y arrojó al Espacio “un millón de soles formidables” que asemejaron puntas de diamante al alejarse bajo la “inmensa bóveda del Universo”. Luego, dejando a la “Presencia” a solas y aún pensativa, los arcángeles se retiraron para empezar a comentar lo ocurrido, sin decidirse: ni Gabriel ni Miguel se atrevían a decir algo antes de conocer la opinión de los otros. Hasta que Satán puso el tema en el centro.
La Inteligencia Suprema ha creado soles y mundos para llenar un espacio desierto –detalle que no agrada mucho al desterrado, pues aquel espacio frío y oscuro estaba bien vacío y era útil para descansar de vez en cuando de los “desquiciantes esplendores del cielo”–, también ha creado una ley, la Ley de la Naturaleza, que es la Ley de Dios, aplicable a esa “miríada de soles y mundos que giran y se precipitan a toda velocidad”. Y creará a los animales para someterlos a la autoridad de dicha ley.
Primer ataque de risa para los lectores. Algo que además resulta lógico: Satán escuchó que crearía a los animales, pero no entendió, y pregunta a Gabriel por el significado de aquella palabra. El arcángel tampoco sabe, ¿cómo iba a saberlo alguno de ellos, tratándose de una palabra nueva?
Luego –tres siglos en tiempo celestial, cien millones de años en tiempo terrenal–, un ángel mensajero llega para avisarles que está creando a los animales que irán a parar a la Tierra (¿les complacería venir a verlo?). Y entonces, varios días después, los comentarios elogiosos por fuera y sarcásticos por dentro de Satán, le valen el destierro, sentencia a la que estaba acostumbrado por la “ligereza de su lengua”. Y en vez de “revolotear tediosamente” en el Espacio, como en otras ocasiones, decide ir a echar un vistazo a los experimentos del Creador –el hombre y los animales.
En este punto empieza su discreta correspondencia con los otros arcángeles –no lo vaya a descubrir la Inteligencia Suprema–, once cartas en las que describe a sus amigos al hombre y al dios que éste ha inventado para sí.
Aquí podemos intuir que el autor no niega la existencia de un dios, sino que su Divinidad es la Naturaleza y las leyes que de ella emanan. Entonces, en sus Cartas hay dos dioses: el del experimento con los hombres, y el que ellos mismos crearon en la Biblia y la religión.
Satán observa esto sorprendido, y más de una vez advierte a los destinatarios de sus cartas que no está mintiendo. Se disculpa, además, con ambos arcángeles, por dicha reiteración, y les pide tomarlo en serio.
“No hay nada relativo al hombre que no le resulte extraño al inmortal”, escribe desde su exilio el personaje de Mark Twain, lleno de asombro ante el dios hecho por los hombres y lo concerniente a él. Y resalta algunos detalles con los que el probable lector puede identificarse y reír.
El rito de la misa es uno de ellos: se le espera con tantas ansias, se le disfruta tanto, que su duración es de una hora u hora y cuarto a la semana, el día domingo, y a la mitad las dos terceras partes de los feligreses ya desean que concluya –el resto termina ansiándolo poco antes de acabar el servicio–. Cuando llega la bendición final, es “el instante más dichoso para todos”; entonces “se extiende un suave murmullo de alivio”, de gratitud.
Mención aparte merecen los comentarios al calce de Satán. Toda la gente está loca, dice, la Tierra está loca, la misma Naturaleza lo está, el hombre se cree el predilecto del Creador, le reza y cree que Él lo escucha –pero hay más aún… ¡Cree que va a ir al cielo!
Ese cielo, escribe el remitente, contiene todo lo que desagrada al hombre, y excluye aquello que le gusta: la mayoría de los hombres no canta, reza por obligación, o por costumbre, y no mucho tiempo, esos seres detestan el ruido, no se mezclan con los negros y los judíos –a menos que sean ricos– les son insoportables. Pues bien, se asombra Satán, y nosotros podemos verlo pidiéndole una vez más a sus amigos que le crean, los hombres desean ir a ese cielo pletórico de cantos y oraciones, de arpas, Aleluyas y Hosannas sin fin, a ese cielo al cual irán todos, sin importar razas, y que excluye lo que para ellos es el “deleite supremo… ¡la copulación!”
En más de una de las cartas se hace referencia al Arca de Noé. Tercer o cuarto ataque de risa: especies que escucharon sobre ella se aproximan “empujándose, aullando, bufando” para salvarse del diluvio –“babosas como elefantes, ranas del tamaño de una vaca, saurios, saurios y saurios”–. Noé zarpa apenas a tiempo, tres días después a causa de los tapiceros y decoradores del salón de la mosca, del mismo inquilino y del sustento para el viaje. En el horizonte, los monstruos unen sus lamentaciones a las de los hombres que se quedaron fuera.
Entre párrafos llenos de buen humor, Mark Twain aborda el carácter de la Deidad, sus celos, la violencia con la que golpea a sus criaturas, las enfermedades –resalta la labor de la mosca común, el ave sagrada, propagadora de la fiebre tifoidea, mal que tuvo tiempo de recoger antes del abrupto regreso de Noé… ¡Se había olvidado de ella por huir de aquellos saurios! ¿Plan previsto por la Deidad? Tal vez, algo útil para fustigar a todo aquel que se aleje del camino por ella señalado.
Otros de los puntos a destacar es el hecho de que el humano ha tenido y gastado y desechado una gran cantidad de religiones, y en la actualidad (finales de la primera década del siglo XX), posee “cientos y cientos de ellas y cada año estrena al menos tres nuevas”, y la incompatibilidad del pensamiento, del análisis, con los contenidos de la religión y de la Biblia, a la que Satán se refiere como interesante, depositaria de “magnífica poesía, algunas fábulas ingeniosas, un poco de historia sangrienta… y más de mil mentiras”… Y como copia de libros sagrados anteriores.
En el cielo del hombre no existen ejercicios para el intelecto. Y la Tierra no se salva; ahí los astrónomos cristianos saben que la Divinidad no creó las estrellas durante esos “seis tremendos días”, y prefieren no abundar en ese detalle. Ni ellos ni los sacerdotes. Twain da algunos datos, estrellas de las cuales la Tierra no recibió ninguna luz hasta tres años y medio después de “tan memorable semana” (la de la Creación), en el caso de la más próxima.
Aunque la mayor parte de las cartas abordan el Antiguo Testamento, el Nuevo encuentra su espacio en las dos últimas. Y lo que la religión califica de amor a los hombres, tan inmenso como para sacrificar a su unigénito a fin de salvarlos, Mark Twain, a través de la pluma de Satán, lo llama hipocresía, ya que detrás de palabras dulces que confortan el espíritu e intentan suavizar el dolor de los pobres, de los perseguidos, llega el Infierno, la pena más allá de la muerte, que debía terminar con todo sufrimiento.
¿Qué dios es este, el Gran Criminal, que además de iracundo, celoso y adicto a las alabanzas sin caducidad, gusta de llevarse el crédito por los descubrimientos que hacen los hombres (las curas contra ciertas enfermedades, los hallazgos científicos), y de ordenar matanzas?, la pregunta flota encima de las páginas de un libro que parece inconcluso. Y el lector hace eco de dichas palabras, y se pregunta si no sería mejor una Deidad semejante a la que Twain estructura en un texto compilado en el libro Las tres erres (raza, religión, revolución) de ediciones Guadarrama, y que retrata a un dios más allá de las alabanzas y los cumplidos de los hombres, de los celos y de los deseos de venganza. Pero deberá conformarse con el que hay, por el momento.

Saturday, January 14, 2012

UNA SALA Y MIL Y TANTAS EXPOSICIONES

Una casa. De esta manera describieron al suplemento cultural del periódico Síntesis, Catedral, durante la comida que, para celebrar la publicación de su número mil, se efectuó el pasado 9 de diciembre.
Es cierto. Sus páginas, treinta y dos para esta ocasión de fiesta, son algo parecido a una casa, a un salón. Significan el escaparate al que ilustradores y escritores llegan a colgar su obra a fin de que los otros la vean, la lean, la disfruten. Es en esta sala de exposiciones que muchos han publicado por primera vez.
Y resulta fácil imaginar a alguien con seis o nueve meses de sesiones semanales en el taller de cuento, en el de poesía, con pocos textos detrás, verlo caminar hasta el puesto de periódicos, asomarse a las páginas del Síntesis, si es que el responsable de ese pequeño kiosco azul le da permiso, descubrir su nombre en la portada del suplemento y llevarse uno, tal vez dos ejemplares, sonreír, emocionarse, leer o mirar teniendo la sensación de que no es él mismo el autor, que se trata del texto o de la imagen de otra persona. No creo equivocarme, pues me cuento entre esos creadores: la primera oportunidad de publicar la tuve en las páginas del suplemento Catedral, hace poco más de ocho años, y fue gracias al ofrecimiento de quien dirigía el taller de cuento de la SOGEM Puebla, en ese entonces ubicado en Reforma y la 13 poniente, dentro del Instituto Cultural Poblano, cerca del Paseo Bravo.
Esa primera publicación –como otras que siguieron– es un recuerdo ligado a la memoria de Alejandro Meneses, fundador de Catedral y editor hasta su muerte, en 2005. Y ahora –desde entonces, siempre– veo a mi maestro, al “profe”, llevándonos números del suplemento (el actual, uno o dos de los anteriores), o con la prisa de los jueves, día de entregar en el periódico el material para el número del próximo sábado.
De Alejandro recibí la invitación para aparecer en Catedral a principios del 2003. Escojan un texto, recuerdo que dijo un día, en el taller, para que salga en el suplemento. No supe si para los demás fue la primera vez; al menos para mí sí. Emocionada leí algunos de esos primeros escritos, revisé, volví a leer, hasta decidirme por uno fantástico, estructurado a base de confidencias en un par de diarios, anotaciones de experimentos, fechas que abarcan un siglo, dudas y juventudes de más de cien años, escrito que apareció el 22 de febrero del 2003. Hace cuatrocientos cincuenta y un números.
La otra parte de esa correlación Alejandro Meneses–Catedral son los cuentos salidos de su pluma que de vez en vez aparecían en el suplemento, los ensayos y las notas en torno a su obra, los dos números in memoriam, esos especiales de julio del 2005 con el cintillo negro, el seiscientos setenta y uno y el seiscientos setenta y dos, señal de que sí, que era cierto, que su muerte había ocurrido en verdad.
Al hojear las páginas de Catedral encuentro algunos nombres que en esa época me eran desconocidos. O casi: Juan José Ortizgarcía, Guillermo Carrera, Carlos Ríos, por ejemplo. Aunados a ellos, los compañeros del taller de cuento y los autores que hasta la fecha forman parte del quehacer literario de Puebla: Maribel Cacique, Karen Martínez, Princesa Hernández, Dolores Domínguez, Guillermo Garay, Alejandro Badillo, Beatriz Meyer, Eduardo Sabugal, Enrique de Jesús Pimentel… Muchos de esos nombres conforman la herencia que Alejandro Meneses me dejó a lo largo del tiempo, de las sesiones del jueves en el taller de cuento, buenos amigos, maestros de quienes aprendí y sigo aprendiendo.
Como lo pidieron en la reunión para celebrar el número mil, levanto mi vaso y brindo por el escaparate de autores recientes y con trayectoria, por la casa de los cuentos, de las poesías y de los ensayos –la que por un corto lapso llevó otro nombre: Cathedralis–. Brindo y de manera simultánea llegan a mi mente otros escaparates de la creación, espacios ahora desaparecidos. Y mi brindis es porque la buena salud de Catedral se alargue durante mucho tiempo más.




Friday, July 08, 2011

UNA TUMBA EN EL HUECO DE TU HOMBRO

Ante la muerte, ante un hallazgo póstumo, sólo resta hacer suposiciones, decir a lo mejor, tal vez. Y disfrutar del descubrimiento.

En el caso del cuento El soldado desconocido, de la autoría de un Alejandro Meneses de 24 o 25 años de edad, agradable sorpresa incluida en el número 144 de Crítica, revista cultural de la Universidad Autónoma de Puebla, podemos asegurar, o casi, que formaría parte del primer libro del autor, Días extraños, publicado en 1987 por la propia universidad en su colección Asteriscos.

En la nota introductoria, el poeta Julio Eutiquio Sarabia nos dice que el manuscrito de este cuento, cuartillas mecanografiadas en papel tamaño oficio, se encuentra bajo la custodia de Sara Inés Santizo. En Tapachula, Chiapas.

Forman parte de la historia que rodea el hallazgo un empleo de poco menos de un año obtenido por Alejandro Meneses entre 1984 y 1985, la hospitalidad de la familia Santizo Rodas, un cuarto que fue llenándose de objetos en desuso y el acto de escombrar esa habitación de traspatio. El final: una carpeta de cuartillas corregidas “de puño y letra” por Alejandro.

El soldado desconocido, escribe Julio Eutiquio Sarabia, sería sin duda parte del primer libro de Alejandro Meneses, por guardar similitud con El fin de la noche, cuento largísimo que cierra ese volumen. Otra pista para aventurar dicha afirmación es el título: tanto El soldado desconocido, como El barco de cristal, El fin de la noche, El hombre de la puerta de atrás y el propio Días extraños, son títulos de temas compuestos e interpretados por el grupo The Doors.

En el cuento hay detalles que permiten situar su trama al final de la Segunda Guerra Mundial: una incursión estadounidense a territorio japonés, y una fecha, la del lanzamiento de la primera de las dos bombas atómicas por parte de Estados Unidos, siendo su blanco la ciudad de Hiroshima: “Lo que en ese momento ignoraba era que había acabado con la última avanzada del Japón en el Pacífico y que sólo faltaba que llegara el 6 de agosto”.

Alejandro Meneses nos narra un trozo del tiempo de las tropas estadounidenses en el Japón; más específicamente el de un grupo de hombres con la misión de “revisar la retaguardia de las líneas niponas y regresar con el informe”.

El inicio guarda similitud con la letra del tema de los Doors: un soldado anónimo, japonés, que se le muere en las manos a Pollak, judío e integrante del comando estadounidense, y la intención –la que sólo se queda en eso– de abrir una tumba para sepultar el cadáver.

Luego, la misión, en apariencia sencilla, se vuelve un ir y venir en círculos en busca del paso que los llevará a las líneas enemigas, paso que existe en los trazos rojos de un mapa mas no en la selva.

En torno a esas caminatas en círculo, Alejandro Meneses, diestrísimo tejedor de atmósferas, coloca una opresiva, podría decirse fantasmal; una donde el sol, a la espalda, dibuja figuras que hacen voltear para cerciorarse de que ningún enemigo está al acecho, donde solitarios rostros esqueléticos se mueven en la noche y hacen pensar en un batallón, donde el viento afila “sus navajas en las ropas acartonadas” y la selva es una bruma mil quinientos metros más abajo.

Y como si se tratara de un tendedero, los personajes cuelgan de ella, aislados y vulnerables. Gallaher, Minneta, Hopkins, Red. Pollak. Desde el desembarco en una playa en la que la guerra es “una pesadilla que al amanecer se desvanece”, desde el primer turno en la vigilancia luego, por la noche, los integrantes del comando, cada uno lejos del otro, enfrentan algo semejante a una maldición, como un fantasma que los siguiera sin descanso: Red y Gallaher apuñalados, el primero en su puesto, el segundo el la montaña, Minneta lucha con alguien al borde del abismo y cae, la interrogante del final de Pollak, el que no encaja en el grupo, el blanco de bromas –“Pollak, también los judíos desayunan, ¿no?”, “Hey, Pollak, los judíos no creen en Jesús, ¿verdad?”

Se trata del japonés muerto, cadáver sin sepultura, lo intuimos. Pero más allá de eso, de la misión fallida, de que al final tanto el enemigo como el comando estadounidense quedan convertidos en partes del cuerpo del soldado desconocido –y olvidado–, el autor de Ángela y los ciegos deja tras de sí, en este cuento, olvidado como los personajes y recuperado por casualidad, una prolongación de las atmósferas que tan bien levantara desde su primer libro, Días extraños.

Wednesday, July 06, 2011

UN BOCETO



Mi colaboración para el número 50 del suplemento Alebrije, del diario Cómo?, acerca de Alejandro Meneses, fallecido hace 6 años. Maestro, escritor y amigo, seguiremos extrañándolo y leyendo su obra.




I




Del primer día recuerdo haberme sentado a una mesa que me pareció demasiado larga, a cierta distancia de un desconocido que leía. Fue dos o tres días luego de pedir información, más con los ojos y a un cartel pegado en el muro. Talleres. De cuento, poesía, técnicas narrativas. Recuerdo observar el ventanal. Y esperar. Luego, la sonrisa detrás de los anteojos, una mochila de piel, alguien no muy alto, de mezclilla y tenis, cabello al hombro. Quien impartía el taller de cuento: Alejandro Meneses.




Recuerdo poco de esa tarde. Preguntas acerca de lecturas, creo, de nuestras actividades. Éramos dos las únicas ajenas por completo a literatura, o más bien a la creación literaria –el desconocido, después lo supe, tenía un año o dos tomando los talleres de cuento con Alejandro Meneses–: una estudiante de diseño, si no me falla la memoria, y yo, laboratorista en una fábrica de acabado textil.




Al final de la clase Alejandro dejó la primera tarea: una estatua que aparece en algún lugar. Así, sin más. El desconocido que leía cuando llegué leyó un cuento, una historia de ángeles que lloran lágrimas de piedra y batas blancas de psiquiátrico.




Y me acerqué al maestro para hacerle una petición: ¿podía mostrarle algo que había escrito para un concurso? Dijo sí, dijo que le hablara de tú.




La siguiente sesión –jueves– leí aquella primera tarea, un relato de dos o tres cuartillas, de forma acelerada, con voz y piernas temblorosas: la primera vez que leía algo delante de otros. De ese ejercicio Alejandro rescató el que la estatua apareciera en un pueblo, detalle similar a los otros relatos: las apariciones ocurrían en sitios pequeños, donde se podían sentir como propias.




Luego vinieron otras tareas: narrar desde la primera persona del plural, tomar los seis días de la creación como base de un texto, cómo toman en un pueblo que no aparece en los mapas la muerte de un pontífice –ésta en el taller después del taller, en la mesa de la esquina donde, si era martes, posiblemente podía encontrársele–. Vinieron también las preguntas, el hacerme chiquita en la silla –“¿Ya leyeron Pedro Páramo? Sí. Opiniones. ¿Ya leíste Pedro Páramo? No. Ya tienes tarea”–, la extensión del taller, los cuentos, las versiones de esos cuentos, cuentos reescritos, el cambio de casa, nuevos compañeros… El taller de cuento era algo que esperaba durante la semana, un lugar agradable y fresco donde refugiarse luego del trabajo en la fábrica, en mi caso, donde olvidar teñidos e igualaciones siempre urgentes.




Lo permanente, además de algunos de nosotros, fue la amabilidad de Alejandro, la generosidad con sus alumnos, con nuestros textos –aunque no se pudiera rescatar de ellos más que el título–, sus enormes conocimientos y esa casi risa en los ojos.







II




De la última clase recuerdo el haber sincronizado los relojes, sí, como en una película de espías y autos que se persiguen. De nuevo una tarea: alguien que planea un crimen mientras cocina. Miércoles, ya no era la Casa del Escritor sino PlantAlta. Hasta allí lo seguimos, a un par de cuadras del antiguo taller. Se fue pronto, llevaba prisa; debía entregar el suplemento. Ese día no hubo taller después del taller.




En cambio hubo una llamada. Un día antes de la siguiente clase. ¿Has visto al Meneses? Sí, la semana pasada. Ah. Es que. Parece… Que falleció el fin de semana. Va a haber una reunión. Y colgué. Y seguí tecleando: hice que una mujer matara a su esposo, que lo cocinara. Y llegó mi turno para hacer una llamada similar.




Recuerdo que sí, que fue cierto. Recuerdo la fotografía blanco y negro que se superpuso al hueco que dejó la ausencia de mi maestro: era la que aparecía en el último libro que presentó, Casa vacía. También recuerdo el llanto, el enojo con el mundo, con la vida, con lo que muchos llaman un poder superior, una mano que rige nuestros pasos y nuestros días. El nicho en la iglesia del Rayo. Eso y los homenajes, los recuerdos de sus amigos, de sus alumnos, escritos en papel, suplementos, fotografías.




Lo supe. No veríamos más la casi risa detrás de sus anteojos. Aun así queda en este lado del mundo el recuerdo de un maestro que pedía se le hablara de tú –“¿por qué de usted?, no me pongas apodos”, dijo, bromista, a una amiga–, de alguien que, sólo con estar, me daba la sensación de llevar la pluma por el sendero correcto, de un escritor enorme, constructor impecable de atmósferas. Y sus libros, por supuesto. Siempre.

Monday, April 04, 2011

PALABRAS COMO ASTILLAS DE BRUMA


A veces es posible encontrarse frente a títulos que están a medio camino entre los llamados best–sellers, esos libros que se miden antes que nada por las ganancias que reportan sus altísimas ventas, y las obras que reflejan el esfuerzo del autor en su búsqueda, ya sea en el fondo o en la forma. Podría decirse que el caso de La sombra del viento cabe muy bien dentro de este cajón. Se trata de una novela del escritor Carlos Ruiz Zafón, publicada en el año 2002, la primera de su autoría no enfocada al público juvenil. En las casi quinientas páginas Ruiz Zafón nos entrega un escenario blanquecino, de cielos lechosos o negros, empapado de lluvias y madrugadas. Y sobre él, o más bien dentro, los actores de una historia que se asoman entre las brumas, algo sobre un libro que, contrario a la novela, ha vendido poco menos de cien ejemplares. Una Barcelona posterior a la Guerra Civil Española y a la Segunda Guerra Mundial es la que borda el autor entre serpientes de nube y madrugadas lluviosas, una ciudad de edificios viejos, abandonados algunos, ruinas habitadas otros. De su pluma también nace una sombra que se desliza entre fuentes con ángeles y calles oscuras. Un cuerpo negrísimo, sin rostro, vestido con sombreros y sobretodos; alguien que no deja ecos tras sus pasos, que recolecta los libros de un autor en específico para alimentar hogueras con ellos. Alguien llamado Laín Coubert, que quiere terminar con cualquier resto de memoria de Julián Carax quien, podría pensarse, es el personaje central de la novela. Un secreto y una promesa de silencio pedida a un niño de diez años es lo que nos entregan las primeras páginas. Eso y algunos ingredientes de un relato de misterio: Daniel Sempere y su padre, la visita a las cinco de la madrugada al Cementerio de los Libros Olvidados, un portón de madera. Es de la mano de Daniel que va asomándose Julián Carax. Daniel es quien recorre pasillos con muros de libros en el Cementerio de los Libros Olvidados, él descubre la novela escrita por Carax, “La sombra del viento”, como si dicho libro hubiera estado esperándolo. Daniel es quien empieza a asomarse, a hurgar en la maraña que envuelve a uno de los últimos libros de Carax que están, por el momento, a salvo del fuego. Su obsesión por conocer más del prácticamente desconocido autor es el hilo que nos guía a lo largo de la novela. Pero, ¿cuál es su motivación? El sabor que da el descubrir de un secreto, tal vez. O, si nos ceñimos a la que da Ruiz Zafón, la lucha por recuperar el recuerdo de su madre, muerta seis años antes de iniciarse la narración. Puede ser. Lo cierto es que el autor juega un poco –un mucho– con la idea del doble. Tanto a Daniel como a Julián les acarrea problemas la relación que tienen con una muchacha –Beatriz, en el caso de Daniel, Penélope en el de Carax–, ambos están rodeados de libros –el padre de Daniel es dueño de una librería de viejo, Julián desea ser “alguien llamado Robert Louis Stevenson”–, incluso llegan a compartir la misma pluma, una pieza artística dorada que perteneció a Víctor Hugo, según el comerciante; Daniel la recibe como regalo de cumpleaños de su padre, para Julián es el obsequio de una mujer no correspondida. Teniendo en cuenta esto, es posible que no haya una motivación definida en Daniel, sino que su destino sea recorrer la misma ruta que recorrió Julián así, sin más, sin preguntárselo apenas. En forma paralela a esa obsesión por Carax, transcurren los años posteriores a la Guerra Civil Española, personificados en Francisco Javier Fumero y Fermín Romero de Torres. Perseguidor y perseguido respectivamente. Fumero encarna al bando triunfador, al ojo que permanece siempre alerta, vigilando cada movimiento de quien esté en contra del régimen, sea de acto o de pensamiento. Mientras, Fermín tiene en sí lo que de escondido y silencioso, casi invisible, debe atribuírsele a los vencidos y ahora sometidos. Cambios de nombre, cicatrices de tortura en la piel y debajo de ella, la mendicidad y un sentimiento de culpa largo es lo que el inspector ha infligido al ayudante de la librería de los Sempere, personaje que Daniel conoce luego de recuperar el libro de Julián Carax –habiéndoselo regalado antes a Clara Barceló, sobrina ciega de Isaac, librero amigo de su padre– y de una desilusión amorosa, la primera en su vida, entonces de dieciséis años recién cumplidos. El crecimiento de Daniel Sempere va aunado a las huellas de Carax y a las de la guerra. De diez años al principio de la historia, descubre el amor platónico –del cual lo alejan a puñetazos– en las pupilas blancas de Clara, el físico, en compañía de Beatriz, hermana de su amigo Tomás Aguilar, hasta llegar a la paternidad y al matrimonio, en ese orden. La sombra del viento no es un best–seller propiamente dicho. Si bien, a decir de la página web de la editorial, ha vendido unos seis millones de ejemplares a nivel mundial, no cumple en su totalidad con la idea que de best–seller se tiene, pues podemos ver que su autor, pese a hacer uso de ciertas situaciones consideradas comunes, un incesto no conocido, por ejemplo, o a llegar a un cierto abuso de imágenes –personas, casas y objetos que languidecen–, hace un esfuerzo por construir metáforas y descripciones que ayudan a apuntalar esa atmósfera brumosa dentro de la que se desarrolla la novela, neblina que, a fin de cuentas, acaba por ser el personaje central de la novela, a cuyo amparo se desenmaraña el misterio que rodea al último libro de Julián Carax.

Sunday, January 30, 2011

DE LA IDEA DE LA INMORTALIDAD

El destello aparece en momentos específicos y se traduce no a un deseo, sino, tal vez, a una sensación: la de no ser mortales. Y esto no se refiere al hecho de trascender a la vida física –un fantasma, el recuerdo en quienes lo conocieron, escribir un libro, ser mentor de alguien–. Uno es inmortal. Punto.
Cuando se es joven, cuando se disfruta una compañía, hace acto de presencia esa ráfaga amarilla y plata que dice: “Tu vida es eterna”. O cuando se tiene poder. Y dinero. Mucho, demasiado. Tanto como para ser declarado el hombre más rico del planeta. Sí, se es inmortal.
En torno a esta sensación de eternidad gira la novela de Agustín Ramos Olvidar el futuro. Una persona, dejando de lado el hecho de que por fuerza tendrá que morir, detenta poder y posee más riqueza que cualquiera de los habitantes del planeta. Es el señor, así, sin un nombre. Pero más bien parece el rey: casado con la reina, su hija mayor es la princesa, la familia es dueña de empresas con alcance internacional, de mansiones enclavadas en campos de golf de dieciocho hoyos…
Y el señor es inmortal. O lo parece, porque el libro, editado a principios del 2010 por Tusquets editores en su colección Andanzas, comienza con su muerte. A manos del personaje–narrador, “el cuate este”, “el nuevo Carlos Fuentes”, dentro de un bunker disfrazado de fábrica de impresos vieja.
Luego, a lo largo de las trescientas diez páginas, el lector parece asistir a la historia reciente de México. El país de Olvidar el futuro es un hervidero de retenes, militares y no militares, de asaltos al transporte de pasajeros, de comentarios en torno a los medios de comunicación. De un no estar seguro qué pasa.
Un solo día basta. El nuevo Carlos Fuentes tiene una cita con el señor, una plática informal, y luego se traslada de la capital a Pachuca. Entre ambos eventos la trama, en medio de brotes de buen humor –el militar que quiere irse corriendo hasta Acapulco en vez de seguir vigilando a la familia del señor–, parece precipitarse a borbotones: la militarización, la guerra contra el narcotráfico, la historia del señor, de su maratónico enriquecimiento gracias a informes privilegiados, al contacto con la persona correcta –con el futuro presidente, por ejemplo–, su muerte, que se cuela por el agujero que un taladro le deja en la frente, y la toma del poder por parte de los militares.
Al principio suponemos que el asesinato del hombre más rico es el detonante, que la sola presencia del esposo de la reina, a modo de barrera de protección, mantenía más o menos a raya la violencia. Y entonces sucede: el arresto del hermano mayor del señor, la vigilancia y casi secuestro de la familia más cercana. Después de todo, como lo declara el narrador en la primera página, eran mortales. Igual que el señor.
A diferencia de ellos, la idea de la inmortalidad es como su nombre, predica con el ejemplo; ella sí es inmortal. Si tenía casa en la figura del señor, ahora ha fundado una nueva en el amorfo cuerpo de armas largas y uniformes con botas torturadoras. Los militares, antes al servicio del presidente, declaran el toque de queda, la suspensión de garantías, y toman el poder: ese que hace olvidar el futuro y obliga a la gente a creer que es inmortal, ese largo y ancho y alto, sin tamaño de tan grande, ante el cual uno se pregunta ¿vale la pena detentarlo por determinado lapso de tiempo?, y se responde “no; para disfrutarlo por completo debemos ser inmortales, a fuerza”.